Adiós, Umberto Eco, maestro

Definitivamente hoy es un día aciago para el mundo de las letras, ha muerto Umberto Eco. Figura sin duda controversial, Eco ha sabido ganarse un lugar fundamental en nuestra cultura. Tildado de snob, pretencioso, o falso filósofo, su influencia es, al día de hoy, innegable incluso para sus más ácidos detractores.

Quien esto escribe debe revelarse como un secreto placer la lectura de El Péndulo de Foucault, novela enrevesada con tintes sarcástico-detectivescos que narra un supuesto plan templario para dominar el mundo. Ahí, en esa historia, se devela la compleja personalidad de un Eco que era por sobretodo un observador voraz de nuestra historia, de nuestras falsas creencias y nuestra falsa sabiduría, que quería explicarlo todo, desde misterios religiosos hasta juegos matemáticos sin sentido aparente, que hacían rabiar a más de uno sin que eso los haga dejar de leerlo.

Dueño de una curiosidad monstruosa, decidión montar diversas empresas, como por ejemplo darse a la tarea de resumir la historia de la belleza y la historia de la fealdad. Hablaba de semiótica, de Joyce, de lugares legendarios, de todo aquello que nuestra imaginación no se atrevía a tomar en cuenta y también de nuestra irracionalidad, como en sus Cinco escritos morales, donde reflexiona sobre el devenir de nuestro espíritu bélico, nuestra intolerancia, el papel de los medios, nuestras relaciones personales y el lastre del fascismo en nuestra historia. Proclamado detractor de la “evolución” de los medios con las nuevas tecnologías, Eco ha estado pendiente de la transformación de nuestro espíritu hasta el último de sus días. Sólo por esa extraña capacidad ya debería de tener toda nuestra admiración.

Nos hará mucha falta. Hasta pronto, maestro.

Dio Vargas

umberto eco

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