Las moscas del capital

Paolo Volponi

Precio: S/ 96.00

Editorial: Sexto piso

Todo está podrido y somos nosotros los únicos culpables. Somos pedazos de carne con apenas un poco de materia gris y estamos en la boca de una gran máquina trituradora: la historia de nuestra propia decadencia. Eso es Las moscas del capital, la última novela que escribiera el genial escritor italiano Paolo Volponi (1924-1994).

Siendo casi un desconocido en nuestro idioma, Sexto Piso recupera una obra fundamental de la llamada “literatura industrial” italiana, un modelo de escritura que buscaba advertir de los abusos del nuevo sistema de consumo que galopante hacía sus primeros estragos en las sociedades de mediados del siglo XX y que Volponi supo retratar entonces, profetizando los excesos que hoy bien conocemos.

Saraccini es el protagonista de esta novela, un pequeño directivo de la MFM, empresa que se abre camino en medio de la fiebre industrializadora que caracteriza a Europa por esas épocas. Bueno, la cosa comienza más o menos así: Saraccini siente que su condición dentro de la empresa le da las herramientas perfectas para empezar un llamamiento para una reforma de carácter, si se quiere, ideológico al interior de la empresa. En su aparentemente desinteresado afán por enfrentar al monstruo consumista para el que trabaja, Saraccini irá tratando de ganar adeptos a su movida revolucionara…

Pero nada es lo que parece en esta novela, porque aquello que debería incomodar a los principales afectados no lo hace tanto en realidad, los malos humores no conducen a nada, están perdidos en una burbuja que crece día a día pero que parece nunca explotará, los obreros parecen demasiado cómodos dentro de las miserias personales que logran con sus puestos; la mayoría son como zombies mecanizados que solo despiertan después de sus respectivas jornadas para lanzar risueños dardos contra el sistema que sostienen.

Los objetos cotidianos están vivos y nos hablan: tienen sus propias opiniones acerca de sus “jefes”, de las personas para las que “trabajan”. Los objetos nos juzgan, nos miden, nos suponen mejores a algunos y a otros. El sistema industrial nos ha vencido, y ese simbolismo es la mejor prueba de ello, por lo que la batalla de Saraccini ha sido perdida antes de iniciada… Siempre y cuando los ideales de Saraccini hayan sido esos, por supuesto.

Pero en estos tiempos, la gloria es también un producto final del sistema de consumo, el nuevo opio al que nuestro mediocre protagonista siempre añoró alcanzar: “Saraccini quería que lo admiraran aunque dudara, que lo apoyaran en lo que hiciera, que lo ayudaran a salvar los obstáculos que se le presentaran en su ascenso fatal, imparable, hacia el trono de administrador delegado. Y quería también el amor y la envidia de sus hombres, la adhesión de sus súbditos y vasallos; quería ver estandartes y armas en su campamento, en torno a su fuego vigoroso, aunque tantas veces abandonado, ahogado, azotado y dispersado por el viento de la inquietud, por las corrientes húmedas de las estaciones de la memoria y de las angustias de la vocación literaria y comunitaria, del soplo igualitario. ¿Podría presentarse y realizarse como un nuevo Roosevelt? Podría llegar a ser un protagonista, el primero y más grande, de una renovación y racionalización de la industria en una nación reacia, atrasada, y a la vez un promotor,cuando no un maestro, de una democracia…”.

Por estos detalles de técnica y fondo político-histórico, la novela de Volponi se hace deliciosa. Previamente en nuestro idioma solo existía una referencia a la obra narrativa de Volponi: Memorial, publicada por Seix Barral allá por los años 60. Saluggia, el viejo campesino loco protagonista de aquella novela,nos relataba entre sus mentiras y verdades cómo la nueva industria había terminado por meterlo en el manicomio desde donde nos hablaba. Ese loco viejo somos nosotros ahora. Volponi fue un profeta. Nosotros, la peor de sus profecías.

Sus libros los esperan.

Dio Vargas.

Las moscas del capital

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