Perdurable ironía

Si queremos leer algo que no solo sea nuevo, sino también original y con la suficiente epifanía como para convertirte en hincha de un autor, pues haríamos bien en, por lo menos, darle una oportunidad al narrador israelí Etgar Keret.

No es la primera vez que escucho de Keret, algunos amigos me hablaban como si fuera una suerte de autor secreto apto para conocedores, cuando lo cierto es que Keret no tiene nada de secreto, ni su poética es hermética como para catalogarlo así. Por el contrario, Keret es un autor muy popular en Israel. No solo es narrador, también se desempeña como guionista del televisión y director de cine. Como guionista y director no es nada malo, se encuentra entre los más prometedores de la nueva hornada de su país, pero es gracias a su faceta de escritor, de hacedor de historias que dialogan con el absurdo de la cotidianidad y sus respectivas dosis oníricas, lo que diferencia, en principio, a Keret, convirtiéndolo en una voz por demás radiactiva.

“Pizzería Kamikaze y otros relatos” vendría a ser una respuesta a cierta linealidad narrativa y realista que se nos pretende imponer desde hace un par de décadas. Basta ver los catálogos de los grandes sellos editoriales, los criterios de festivales y congresos literarios para sustentar la impresión de que sí existe un discurso mayor que proclama a la linealidad narrativa y el realismo como los senderos que direccionan a la narrativa contemporánea. Estamos pues ante una respuesta involuntaria, una respuesta que es asumida así por los lecto-conocedores que son los que ponen en justa medida la balanza impresionista.

Pero esta publicación, lo que es, y ante todo, lo que sugiere y enseña: la libertad del acto de narrar. En base a esa libertad, Keret hace lo que quiere, y para bien, con sus lectores. Como bien se indicó líneas atrás, los relatos del autor se nutren de lo absurdo y del componente onírico, solo así podemos explicarnos la realidad de la irrealidad en relatos como “La historia del conductor de autobús que quería ser Dios”, “El deschavete de Nimrod”, “El coctel del infierno”, “Útero” y el homónimo que titula la publicación, que sin problema deberíamos catalogar de novela corta, y no necesariamente a su extensión, sino a la variedad temática que confluyen en el texto, que tranquilamente lo ubican como una perlita narrativa que es todo un tributo a la libertad narrativa de contar. Ajá: novela corta rotulada de cuento que va sobre un mundo paralelo habitado solo por suicidas, cada suicida más loco, tierno y salvaje, ninguno parecido, pero con los suficientes méritos morales para quedarse en nuestra memoria.

Así es, estas historias parecen jaladas de los cabellos. Inverosímiles. Por más bien escritas que estén, por más pensado que sea su andamiaje estructural, se hace necesario un aliento distinto que las eleve y, por ende, que conecten con el lector, y que no solo se justifiquen en la curiosidad y variedad temática, pues bien, ese aliento proviene de la mirada irónica y humorística de Keret. Por medio de esta mirada es que los relatos sobrepasan la mera curiosidad, además, su poética adquiere un vigor que, como un tronco, permite el nacimiento de ramas, cada cual más distinta que la otra, cada una con un mundo propio, inverosímil, sí, y también perdurable.

G. Ruiz Ortega

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